22 de septiembre de 2026

Agenda PolíticaPor: Miguel Acosta VargasCENSURA: LA AMENAZA Y LA INHIBICIÓN

La censura suele imaginarse como una puerta cerrada, una publicación retirada, un periodista silenciado o una autoridad que ordena qué puede decirse y qué debe callarse.

Es la forma más visible.

Hay otra, menos evidente y quizá más eficaz: conseguir que alguien deje de hablar antes de que sea necesario callarlo.

Ahí está el verdadero peligro: la censura es la amenaza; la inhibición es la meta real.

El poder no necesita callar a todos. Le basta con que los demás aprendan qué puede pasarles si hablan.

Una amenaza dirigida contra una persona puede terminar produciendo silencio en muchas más. El mensaje deja de ser individual y se convierte en colectivo: cuidado con lo que dices, cuidado con lo que publicas, cuidado con a quién cuestionas.

Entonces aparece la autocensura.

Y cuando un periodista empieza a preguntarse si aquello que está a punto de publicar puede traerle consecuencias, el poder ya consiguió algo importante sin necesidad de prohibirle formalmente nada.

Por eso la libertad de expresión no se mide solamente por aquello que podemos decir sin consecuencias.

Se mide, sobre todo, por nuestra capacidad de decir aquello que incomoda al poder.

Durante esta serie hemos visto ejemplos distintos, provenientes de lugares y circunstancias distintas. Precisamente por eso conviene mirar el fenómeno sin etiquetas partidistas.

La censura no tiene ideología.

Puede aparecer bajo gobiernos de izquierda, de derecha o de cualquier otro signo cuando el poder decide que una voz incómoda debe ser limitada, castigada o excluida.

Y aquí aparece una paradoja: quienes hoy justifican la censura porque la voz perseguida les resulta desagradable pueden descubrir mañana que el mecanismo también puede utilizarse contra ellos.

La libertad de expresión funciona como las paredes de una casa: no están para proteger solamente a quien nos cae bien.

Están para protegernos a todos.

Lo mismo ocurre con las constituciones. Su función no es garantizar que el poder siempre tenga razón, sino ponerle límites y proteger libertades, especialmente cuando esas libertades resultan incómodas para quienes gobiernan.

La libertad de expresión adquiere su verdadero valor precisamente cuando protege la voz que incomoda, cuestiona o contradice.

Por eso resulta tan peligroso acostumbrarnos a la amenaza.

Porque cuando la amenaza se vuelve cotidiana, la sociedad comienza a hacer el trabajo de la censura por sí misma.

Ya no hace falta que alguien ordene callar.

Cada quien aprende a medir sus palabras, a borrar una pregunta, a suavizar una crítica, a guardar silencio.

Primero aparece la amenaza. Después llega la inhibición.

Y finalmente puede llegar algo todavía más profundo: una sociedad que ya aprendió a callarse sola.

Mitzuko Márquez colocó la mecha y Donald Trump puso la chispa. El resultado nos permite mirar el problema desde otro ángulo: la censura puede aparecer bajo gobiernos de izquierda, de derecha o de cualquier otro signo cuando el poder decide que una voz incómoda debe ser limitada, castigada o excluida.

Lo acabamos de ver en Estados Unidos. Donald Trump ordenó impedir el acceso a la Casa Blanca a periodistas de CNN, MS NOW y Politico. Los medios afectados acudieron a los tribunales alegando que la medida viola la Primera Enmienda, que protege la libertad de expresión y de prensa.

Ahí está el punto.

Las constituciones existen para poner límites al poder y proteger libertades, especialmente cuando esas libertades resultan incómodas para quienes gobiernan.

Por ello, la libertad sigue de pie cuando el periodista conserva la decisión de escribir, publicar y preguntar.

Pero esa defensa no puede depender de simpatías políticas ni reservarse para las voces con las que coincidimos. La libertad de expresión es universal o deja de ser una libertad: debe proteger al periodista que cuestiona al gobierno, al ciudadano que protesta, al medio que incomoda y también a quien sostiene una opinión que nos resulta difícil de escuchar.

Defenderla cuando la voz perseguida nos agrada es sencillo. El verdadero compromiso democrático aparece cuando esa voz nos irrita, nos contradice o pone en duda nuestras propias certezas. Si aceptamos que el poder puede silenciar a otros porque no compartimos lo que dicen, mañana habremos entregado la misma herramienta contra nosotros.

Por eso, frente a cualquier amenaza, la respuesta debe ser más periodismo, más debate público y más defensa de las instituciones. No se trata de proteger privilegios, sino de impedir que el miedo determine qué puede conocer, discutir y decidir una sociedad.

La libertad de expresión no es una concesión del gobierno ni un favor de quien ocupa el poder. Es un derecho que limita al poder y una condición indispensable para que la democracia siga siendo democracia.

Eso procuro hacer todos los días: escribir, publicar y preguntar, incluso cuando incomoda.

Eso debemos hacer todos los días, sin desmayos ni alharacas.

Porque⁸ mientras una sola voz pueda ser silenciada sin que los demás reaccionemos, la amenaza seguirá creciendo. Pero cuando defendemos la libertad de todos, incluso la de quienes piensan distinto, la censura encuentra un límite.
Punto Final.