• Con una experiencia escénica expuso el rechazo, pertenencia, empatía y las barreras que enfrentan quienes viven y perciben el mundo de una manera diferente.
¿Qué pasa cuando el ring deja de ser el lugar donde dos personas se enfrentan y se convierte en el espacio donde alguien intenta encontrar su lugar en el mundo?
Fue una de las preguntas que dejó RUDO: Entre las cuerdas y el espectro, propuesta de RUDO Teatro que este viernes llegó al Teatro Hidalgo, como parte del Festival de Artes Vivas de la Costa (FAViC) 2026.
La obra, escrita y protagonizada por Rodrigo Román Báez y dirigida por Cristóbal Meza Alonso, llevó al escenario la historia de Sebas, un joven diagnosticado con autismo cuya vida cambia a partir de la separación de sus padres y que encuentra en la lucha libre algo más que una afición: un espacio donde puede reconocerse, expresarse y sentirse parte.
Conforme avanzó la historia, fue claro que el combate más difícil no ocurre entre las cuerdas.
Sebas se enfrentó al rechazo, a la violencia, a las adicciones y a las dificultades para relacionarse con un entorno que no siempre comprende otras formas de percibir y habitar el mundo. Fue ahí donde la obra dejó de ser solo la historia de un personaje para involucrar al espectador.
La presencia del público no fue un elemento secundario. Fueron partícipes de la experiencia y fueron colocados frente a situaciones que obligan a mirar desde otro lugar. La escena se convirtió así en un espacio de encuentro, pero también de cuestionamiento: ¿cuánto de lo que llamamos “diferente” entendemos realmente?, ¿cuántas veces exigimos que el otro se adapte sin preguntarnos si nosotros estamos dispuestos a comprenderlo?
A través de la lucha libre, una expresión profundamente arraigada en la cultura popular mexicana, RUDO encontró un lenguaje accesible para acercarse a temas complejos como la neurodiversidad, la inclusión y la pertenencia.
El ring minimalista, las máscaras de luchadores, las sillas plegables, el movimiento corporal, los audífonos aislantes de ruido y otros elementos de la puesta construyeron el universo de Sebas. Pero también ayudaron a mostrar algo más: que aquello que para algunos puede parecer cotidiano, para otros puede representar una experiencia completamente distinta.
En ese sentido, caer y levantarse dejaron de ser solamente acciones físicas. Se convirtieron en metáforas de la persistencia, de la necesidad de ser escuchado y de la búsqueda de un espacio propio.
La obra también puso sobre la mesa las barreras que las personas dentro del espectro autista pueden encontrar en ámbitos sociales, educativos y laborales. Sin convertir al personaje en una figura distante o ajena, algo que el público de Colima vivió desde su experiencia de humanidad, humor y vulnerabilidad.
La obra, pidió más al espectador, que no únicamente que observe, sino que se cuestione.
Porque la inclusión no termina en reconocer que existen distintas maneras de vivir, sentir o comunicarse. También implica preguntarse qué hacemos como sociedad frente a esas diferencias y qué tan dispuestos estamos a modificar los espacios, las relaciones y nuestras propias ideas para que alguien más pueda formar parte.
Durante 80 minutos, RUDO: Entre las cuerdas y el espectro utilizó el teatro y los códigos de la lucha libre para abrir esa conversación, que no terminó cuando cayó el telón, porque el verdadero escenario de la reflexión estaba también fuera del teatro.
En RUDO, el combate no terminó con un vencedor. La verdadera pregunta quedó en manos del público: qué estamos haciendo para que nadie tenga que luchar solo por el derecho a pertenecer.




