13 de octubre de 2026

𝐃𝐄𝐒𝐃𝐄 𝐋𝐀𝐒 𝐓𝐑𝐀𝐍𝐂𝐀𝐒…¿𝐂𝐮á𝐧𝐝𝐨 𝐡𝐚𝐬 𝐯𝐢𝐬𝐭𝐨 𝐚 𝐮𝐧 𝐩𝐨𝐥ít𝐢𝐜𝐨 𝐚𝐭𝐞𝐧𝐝𝐢én𝐝𝐨𝐬𝐞 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐈𝐌𝐒𝐒… 𝐨 𝐚 𝐞𝐥𝐥𝐨𝐬 𝐥𝐞𝐬 𝐭𝐨𝐜𝐚 𝐞𝐥 𝐈𝐒𝐒𝐒𝐓𝐄? Por Yensuni López Aldape

Pensaba, con toda la certeza del mundo, que hoy escribiría sobre la desbandada que se dio en el MC Tecomán. Pensaba escribir de políticos, de esos que siempre dan de qué hablar y que solitos ponen la mesa para que uno les dé una buena revolcada. Pero no. Hoy pretendo generar análisis en torno a la política que han hecho los políticos con el sistema de salud que nos prometieron que sería de primer mundo. Ya ustedes saben a qué me refiero.

Y no se trata de señalar por señalar, de decir que estábamos mejor antes ni de defender las malas políticas de los gobiernos anteriores. Se trata de humanidad, de descaro, pero también de reconocer nuestra poca exigencia social. De dejarnos llevar por los colores de los partidos en lugar de exigirles a quienes tienen los hilos que cumplan sus promesas y, por lo menos, no nos dejen peor de lo que ya estábamos, vistan el color que vistan.

En el IMSS hay médicos que parecen andar de paseo, personal que atiende de malas y empleados que olvidan que frente a ellos hay personas enfermas, no estorbos que llegaron a interrumpirles el día. Los hay, y negarlo sería tan absurdo como pretender que todo el personal de una institución es ejemplar por el simple hecho de portar una bata.

Pero también hay médicos, enfermeras y trabajadores que se parten el lomo para atender a una población que crece desmesuradamente, mientras las necesidades del servicio no siempre encuentran respuesta en la contratación de más personal, la disponibilidad de insumos o la cobertura de las ausencias. Y ahí es donde conviene bajarle dos rayitas al enojo y subirle otras tantas a la capacidad de mirar el problema completo.

Las protestas recientes de trabajadores del IMSS en Colima, Manzanillo y otros estados no son solamente por dinero. Es decir, el conflicto tiene varias aristas, sí, pero hay una pregunta que nos toca directamente a los pacientes: ¿cómo se supone que debe trabajar el personal cuando no tiene todo lo necesario para hacerlo?... Una cosa es exigirle a un médico que cumpla con su trabajo y otra muy distinta creer que puede multiplicarse para abarcar todo.

Un solo médico atendiendo pacientes hospitalizados, triage y urgencias, no tiene tres cuerpos ni tres pares de manos. Tiene un horario, una capacidad humana y una responsabilidad profesional que no desaparecen porque falte el compañero del turno, porque alguien se jubiló o porque no hubo quien lo supliera.

Y sí, un médico también puede enfermarse, tener una emergencia familiar o necesitar atender un asunto personal. Como cualquier trabajador. No por ser médico pierde el derecho a tener familia, vida privada o circunstancias que le impidan presentarse a trabajar.

La diferencia es que, cuando no hay un suplente, el hueco no se queda vacío en una oficina: puede terminar repercutiendo en la atención de alguien que llegó enfermo y necesita ayuda.

La pregunta al IMSS sería, cuando falta un médico y no hay quién lo cubra, ¿toda la responsabilidad debe recaer en quien no pudo asistir o también hay que revisar por qué la institución no tenía un reemplazo disponible?

Me parece increíble que el IMSS pueda organizar sus servicios suponiendo que nadie se enfermará, que nadie tendrá una emergencia y que ningún trabajador se jubilará. La plantilla necesita previsión, relevos y capacidad para responder a las ausencias. Eso también es administrar un servicio de salud.

Y vámonos a lo que vivimos en Tecomán. Dos médicos para siete consultorios de medicina familiar. ¿Y qué hace el derechohabiente cuando tiene cita, llega puntualmente y resulta que no hay médico? Pues quédate en la lista de espera, a ver si te toca. Y si no hay medicamento, llévate otra vez tu receta y llama tal día, a ver si ya llegó.

Y si te toca estar en urgencias, pues siéntate y espera toda la noche para ver si al otro día pueden enviarte a Colima o Manzanillo para que te hagan un estudio de ultrasonido. Como si estar enfermo fuera una actividad recreativa.

Y aquí hago una pausa porque tampoco sería justo hablar de todo esto sin contar otra escena que viví como paciente de una doctora que atendía en urgencias. Sí, se le veía el semblante de malas, «la jeta», dijeran por ahí. Y, para ser sincera, cualquiera que la hubiera visto en ese momento habría pensado que no tenía muchas ganas de atender a nadie.

Pero en un momento de su atención la vi abrazarse a sí misma y la estudié con calma, sus ojos agotados, hasta el cabello enmarañado y un tanto reclinada de lado en el escritorio. Le pregunté:
—¿Está bien?
—Sí —me respondió—, ya me comienza a bajar la fiebre. En unas horas salgo y me voy a Colima, a la casa, a descansar.
Después de muchas horas de trabajo.

Y entonces me quedé pensando: ¿cómo atender con una sonrisa cuando tú también estás enferma, tienes fiebre y todavía tienes que seguir trabajando?

Eso no significa que el paciente tenga que aguantar malos tratos ni que la bata blanca sea un salvoconducto para atender de malas. ¡Claro que no!. Pero tampoco podemos juzgar una escena sin preguntarnos qué hay detrás, cuántas horas lleva trabajando esa persona y por qué está atendiendo enferma en lugar de estar en casa recuperándose.

A eso se suman las denuncias por falta de insumos, camas y materiales adecuados. Aquí la pregunta es todavía más seria: ¿quién responde cuando el personal no cuenta con lo necesario para trabajar y el paciente no recibe la atención que necesita? ¿Quién supervisa, quién corrige y qué consecuencias enfrenta la institución cuando las carencias comprometen el servicio?

El fallecimiento de un paciente en Colima, después de que se reprogramara una cirugía, volvió a poner sobre la mesa preguntas dolorosas sobre la atención médica. Sus familiares señalaron carencias de personal e insumos, y el IMSS informó que investigaría el caso, la delegada incluso habló de deslindar responsabilidades. Ajá!... ¿Será la investigación, con evidencias y responsabilidades establecidas que incluya por qué no hay médicos suplentes?

Cuando se habla de deslindar responsabilidades, también hay que preguntar quién responde por las decisiones institucionales, por las plazas que no se cubren y por los insumos que no están disponibles. No para exonerar a nadie de antemano, sino para que la investigación no se detenga en la persona que tuvo al paciente enfrente mientras quienes toman las decisiones quedan fuera del cuadro.

A estas alturas, muchos pacientes, los que tienen posibilidades, terminan saliéndose a comprar por fuera los medicamentos que puedan. Otros aguantan porque no hay opción. Y unos pocos, de verdad, los menos, prefieren contratar un seguro de gastos médicos mayores.

Nos enojamos con quien tenemos enfrente, con quien nos atendió de malas, con quien no nos resolvió, con quien nos dijo que no había medicamento o con quien nos tuvo esperando horas.
Y sí, a veces con razón.

Pero ¿cuántas veces nos detenemos a pensar en quién administra esa institución, ¿quién decide cuántos médicos hay, qué plazas se cubren y cuáles no?, ¿quién compra los insumos y quién debe garantizar que los servicios funcionen?

La opinión pública tiene razones para estar molesta. Quien ha esperado horas en urgencias, recibido un mal trato o perdido una cita no necesita que nadie le explique lo frustrante que es. Y el personal que incumple debe responder por sus actos. La vocación no es permiso para tratar mal a la gente, así como la sobrecarga laboral tampoco debe convertirse en excusa automática para cualquier falla.

Pero tampoco podemos meter a todos en el mismo costal. Hay trabajadores que cumplen, que hacen lo que pueden con los recursos disponibles y que cargan con el desgaste de un servicio rebasado. A ellos también los perjudica que falte personal, que no haya suplentes o que no existan materiales para resolver lo que llega a sus manos.

No se trata de defender a los médicos por defenderlos. Se trata de exigir que cada quien responda por lo que le corresponde: el mal trabajador, por su conducta; los responsables de la atención, por sus decisiones; y la institución, por garantizar personal suficiente, insumos adecuados y servicios que no dependan de que nadie se enferme, falte o se jubile.

Nosotros, los ciudadanos, también tenemos responsabilidad. No porque debamos resolver las carencias del IMSS, sino porque tenemos que exigir cuentas a quienes toman las decisiones. No podemos conformarnos con quejarnos en la sala de espera, en la fila de la farmacia o en la plática con los vecinos, mientras quienes deben responder siguen tan campantes.

Porque a esos sí los recibimos en la puerta de la casa y hasta nos convencen de que ahora sí todo será diferente: “Buenos días, soy fulano, fulana, y vengo a pedirle su apoyo. Yo no soy como los demás”.

Los tiempos deben ser distintos, se trata de exigir resultados, de dejar de justificar lo injustificable y de entender que el sistema de salud no es un favor que nos hace el gobierno. Que el derechohabiente no tendría que rezar para encontrar un buen médico o cruzar los dedos para que haya suplente.

Circula un flyer que culpa a directores y médicos por la falta de medicamentos, mientras exonera al gobierno, es una joya del descaro. ¡Y todavía dicen que la salud no debe usarse como arma política! Qué cinismo: propaganda para lavarle la cara al poder y echarle la culpa a quien se deje.